Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia (Hegel)

viernes, 18 de marzo de 2011

Japón: un antiguo modelo de conservación mediambiental

Las recientes dificultades de Japón me han recordado que hubo un tiempo, mucho antes de que se acuñara siquiera el concepto de 'medio ambiente', en que Japón resultó pionero en el manejo coherente del entorno. Quien explica esto es Jared Diamond, autor de un 'best-seller' de historia ecológica titulado Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. (Barcelona: Debate, 2006; edic. orig., 2005). Diamond es médico, biólogo y geógrafo, por lo que sus aproximaciones a la historia -muy difundidas desde su anterior éxito editorial, Armas, gérmenes y acero- están expresadas a menudo con un bagaje conceptual poco ortodoxo e impreciso. A cambio, sus libros ofrecen las virtudes de lo interdisciplinario y presentan con originalidad problemas ya estudiados. Si el primero de sus títulos era una historia natural de la expansión de la cultura occidental por el planeta, este segundo es una interpretación de los motivos que condujeron algunas sociedades históricas a destruir los recursos de su entorno hasta el punto de provocar el hundimiento de su modo de vida. Viene a demostrar que también podemos suicidarnos colectiva y ecológicamente.


El mensaje del libro vendría a resumirse en que numerosas sociedades a lo largo de la historia han abusado más allá de todo límite razonable en la explotación de los recursos que ofrecía su medio natural, o se han visto confrontadas a cambios ecológicos a los que podían, pero no supieron, dar respuesta. En todos los ejemplos que plantea, la causa última fue el conjunto de valores y las estructuras de poder que regían en aquellas sociedades, que impidieron arbitrar las medidas necesarias para reconducir la situación. Por ejemplo, los isleños de Pascua malbarataron sus escasas reservas de madera en la construcción de los gigantescos 'moais', bajo la imperiosa lógica de que éstos servían para atraer la bendición de los dioses. Si dejaban de construir estas esculturas colosales, no intervendrian para superar la crisis, crisis que se podría haber evitado simplemente con detener a tiempo este tipo de ofrendas rituales. De la misma manera, los vikingos de Groenlandia fueron víctimas de la 'pequeña edad glacial', desatada en el siglo XV sobre el norte de Europa, al verse privados del acceso a sus recursos alimenticios. Sobrevivir en esas condiciones no era imposible -como demuestra el hecho de que grupos de cazadores esquimales ocuparan el terrritorio en aquella misma época- pero para hacerlo debían cambiar sus ropas, sus costumbres alimentarias y sus bases económicas, lo que les impidió hacer su complejo de superioridad cultural, derivado de sus raíces cristianas y europeas.

Son diversos los ejemplos que expone en este sentido. A cambio, también ofrece algunos, no tantos, de buena gestión del medio ambiente. Y precisamente uno de ellos es el Japón de los shogunes Tokugawa. Japón ha sido, desde hace muchos siglos, uno de los territorios más densamente poblados del planeta. La necesidad de extender los cultivos y hallar espacio para los asentamientos humanos ha sido el motor de colonizaciones y luchas territoriales a lo largo de la historia. Sin embargo, el 80% de su superficie se halla, incluso actualmente, cubierta por frondosos bosques con unos biomas de notable riqueza para las características geográficas de estas islas. Habitualmente se achaca esta singularidad al carácter montañoso del interior, pero esto tan solo es una parte de la explicación. Diamond insiste en que no se trata de un paisaje 'natural', que la mano del hombre se encuentra tras ello y que Japón estuvo cerca de padecer una devastación forestal similar a la que ha descrito en otros capítulos del libro.

En la historia de Japón resulta esencial la institución del 'shogunato'. Los 'shogunes' eran los auténticos mandatarios del país, bajo la sombra de un emperador que, hasta la revolución Meijí del siglo XIX, apenas jugaba otro papel que el simbólico y religioso. En el siglo XVI, los Tokugawa consiguieron imponerse al resto de grandes señores e instaurar una dinastía que perdurará tres siglos. Para garantizar su dominio, aislaron prácticamente el país de contactos con el exterior, desarrollaron el artesanado y la vida urbana, y extendieron una red de comunicaciones notable para la época; consiguieron hacer de Edo, por ejemplo, la mayor ciudad del mundo por entonces. Conmemoraron la grandeza de su familia con grandes palacios fortificados, casi íntegramente realizados en madera, modelo que fue imitado por otros aristócratas menores.

Con una población en crecimiento, con grandes ciudades, y con una arquitectura palaciega de este tipo, la demanda de madera se disparó. Tanto es así que a principios del siglo XVII el problema de la deforestación comenzó a hacerse acuciante y a provocar enfrentamientos entre comunidades. Era necesaria una planificación racional del territorio y los shogunes impusieron unos rígidos códigos de actuación. Poseían directamente en torno a la cuarta parte de los bosques de Japón y designaron un alto magistrado económico como responsable de sus espesuras. Casi todos los 250 señores territoriales (daimyos) siguieron su ejemplo y nombraron sus propios comisarios. Todos ordenaron la realización de inventarios muy detallados de sus bosques, donde consta incluso el estado y medidas de cada árbol. Los que estaban controlados directamente por las aldeas también fueron protegidos por guardias armados de las comunidades y explotados más racionalmente en beneficio de todos.

Las medidas fueron diversas y complejas. Se clausuraban las áreas taladas para permitir que los bosques se regeneraran, se concedian autorizaciones que especificaban los derechos de los campesinos a cortar madera o hacer pastar sus animales, se prohibía la práctica de la quema de bosques o la dedicación de sus terrenos al cultivo, se formentaron las repoblaciones, se establecieron puntos de control en los caminos para fiscalizar los cargamentos de madera. Incluso se regulaba quien podía utilizar esta madera y para qué fines. "Poco a poco, Japón fue desarrollando (...) una mentalidad de silvicultura de plantación: la idea de que los árboles deberían considerarse un cultivo de crecimiento lento. Tanto los gobiernos como los empresarios particulares comenzaron a plantar bosques en tierras que, o bien compraban o bien alquilaban, sobre todo en zonas en que resultara económicamente beneficioso, como las inmediaciones de las ciudades donde había demanda de madera (...) El auge de la silvicultura en Japón se vio favorecido por instituciones y métodos casi uniformes en todo el país."

La demanda de alimentos se satisfizo no mediante la destrucción del bosque, sino mediante la expansión de la pesca y del consumo de algas. También hubo un lado negativo, ya que se incrementó el comercio con los ainus de la isla de Hokkaido, por entonces no comprendida en los dominios japoneses. Los ainus habían explotado desde siempre los recursos de su territorio en una mezcla de cultura agraria y de caza-recolección. La demanda de carne de salmón y venado por los comerciantes japoneses fue tan grande que  ellos mismos acabaron por agotar rápidamente estas fuentes de alimento, en otro ejemplo de que la preservación de la naturaleza por las culturas tradicionales es coyuntural, como en las más desarrolladas, y que no debemos mitificar los componentes ecológicos de ninguna forma de vida social.

Los japoneses pudieron salvar y explotar sus abundantes bosques porque, en aquella circunstancia histórica, el interes de todos quienes detentaban el poder político coincidía con estos objetivos. Además, la existencia de un estado fuerte y de unas regulaciones con carácter permanente consiguieron encauzar los intereses particulares, salvaguardando también los colectivos y haciendo que pudieran convivir ambos. No se si en las circunstancias actuales no nos encontramos con un panorama opuesto. En todos nuestros países el poder político se identifica cada vez más con los intereses particulares más que con los de la comunidad. Incluso, en las sociedades más avanzadas, se está "adelgazando" expresamente al estado y privándolo de fuerza mediante recortes fiscales y demandas de devolución de poder político. Para un historiador las causas y soluciones de cualquier problema son siempre complejas, y no se debe pontificar sobre la bondad o maldad de determinadas ideologías, pero cabe preguntarse si, falto de control, el interés particular de individuos y corporaciones podrá ser la mejor garantía del equilibrio global y la salvaguarda de la supervivencia colectiva.

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